Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Recibiste bienes, y Lázaro males:
ahora él es aquí consolado, mientras tú eres atormentado
Lc 16, 19-31

Qué sabiduría espiritual tienen aquellas personas que no se dejan simplemente devorar por la exigencia de grandes cosas que parecen reclamar siempre más alto nuestra atención.
Sino que reservan un tiempo cada día para celebrar las cosas pequeñas de la vida: la luz de la mañana, el cruce nada indiferente de una sonrisa, el sabor íntimo del pan, la belleza también visual de una palabra, el toque de un silencio que reverbera en la tarde, un gesto gentil, el recuerdo de alguien que nos ilumino y cuya luz permanece, el espacio gratuito de una oración…
Quien así vive no siente la agresividad que parece ser el inevitable motor de búsqueda de nuestro presente; sino que ayuda a los otros en el difícil, paciente y apasionante arte de vivir.
Que el Espíritu nos vuelva sensibles a la vida minúscula y nos conceda escuchar en los pequeños detalles el latido de lo infinito.

José Tolentino Mendonça

A mi hermano en el ministerio, Marco A., IEA;
en el I aniversario de su ordenación presbiteral.

Feliz domingo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Descansará sobre ellos vuestra paz
Lc 10, 1-12. 17-20

Concede a nuestra vida, Señor, tu sabiduría.
Ayúdanos a abstenernos de las palabras que son muros que te ocultan;

palabras en las que el amor no emerge.
Palabras defensivas como barreras de alambre o arrojadas hostilmente como piedras.
Palabras que no nacen de la escucha sino de la sordera interior.
Palabras que cotorrean orgullo y jactancia, que paralizan la comunicación,

que no permiten más que palabras.
Que nuestro corazón se abra al silencio activo, presente y comprometido,

que es la marca de la hospitalidad verdadera.
Danos la fuerza de insinuar, en los inviernos rutinarios de las relaciones, la rama verdecida,

la inesperada flor, la irreprimible invitación que tú me haces a un renacer.

José Tolentino Mendonça

Feliz domingo

A mi hermano en el ministerio, Noel Antonio;
en el VI aniversario de su ordenación presbiteral…

Dios fuerte y misericordioso,
que destruyes las guerras y derribas a los soberbios;
aparta de nosotros la destrucción y las lágrimas,
para que todos podamos llamarnos,
en verdad, hijos tuyos.
Por Jesucristo, Nuestro Señor