Martes II de Adviento

Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños
Mt 18, 12-14

¡Hazte presente en mi vida, Dios del consuelo!
Abrázame y sáname con tu ternura.
Y la esperanza que enciendes en mi corazón
dará entusiasmo y energía a mis brazos
para consolar a mis hermanos.

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30 de noviembre: Andrés, apóstol

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Mt 4, 18-22

Para vivir
y anunciar el Evangelio…
Para sanar heridos…
Para construir puentes…
Para experimentar el perdón…
Para hacer de mi familia
un espacio de amor sincero…
estoy disponible para seguirte, Jesús.

-Himno del Oficio de Vísperas en la fiesta de Andrés, apóstol-

Que el Cielo prorrumpa en alabanzas
y la tierra rebose toda de júbilo,
cantando la gloria de los Apóstoles
en la solemnidad sagrada de este día.

Oh lumbreras del orbe,
que habréis de juzgar al mundo,
os pedimos de todo corazón
que prestéis oído a nuestras súplicas.

A fin de vernos librados de nuestros pecados
por el poder que recibisteis
de abrir y cerrar,
con vuestra palabra, las puertas del Cielo.

Y ya que la salud y la enfermedad
se someten a vuestro imperio,
confortad con las virtudes,
la fragilidad de nuestro espíritu.

Para que, al fin de los tiempos
cuando Cristo vuelva, como Juez,
se digne hacernos partícipes
de su gozo sempiterno.

Entonemos un canto de gloria
para alabar al Señor,
que, por medio de sus Apóstoles,
nos concede instruirnos en la doctrina del Evangelio,
y aspirar a los bienes celestiales.
Amén.

Lunes I de Adviento

Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos
Mt 8, 5-11

«Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya bastará para sanarme.»
Estas palabras las dije tantas veces
en la Eucaristía, sin pensarlas ni sentirlas…
Pero hoy, con todo lo que soy, te digo:
«¡Una palabra tuya bastará para sanarme!»
Creo que puedes sanarme,
devolver la esperanza,
traer paz al corazón.
Sé que no soy digno,
pero creo que
tu bondad es mayor.