Lunes XXVI del Tiempo Ordinario

No llores tú, hijo mío. ¡Qué malos deben de ser esos que siempre te están regañando sin motivo!
¿Te han llamado sucio porque cuando estabas escribiendo te manchaste de tinta los dedos y la cara?

¿Y no les da vergüenza?
¿Se atreverían a llamar sucia a la luna nueva porque se ha tiznado la cara con tinta?
Hijo mío, por cualquier cosilla te culpan. Todo lo tuyo les parece mal.
¿Qué te rompiste tu ropita jugando? ¿Y por eso te llamarón destrozón? ¡Y no les da vergüenza!
¿Pues qué dirían de la mañana de otoño cuando sonríe detrás de las nubes rajadas?
Pero no les hagas caso, hijo mío. ¡Qué bien contaditas te tienen tus faltas!
Todo el mundo sabe lo goloso que eres. ¿Y por eso te llaman tragón? ¿Y no les da vergüenza?
Entonces, ¿cómo nos llamarían a nosotros porque tú nos gustas tanto que te comeríamos a besos?

Rabindranath Tagore, 1861-1941

A mi hermano en el ministerio, Mario, IEA;
en el II aniversario de su ordenación presbiteral.

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