Lunes XXIV del Tiempo Ordinario

Ni en Israel he encontrado tanta fe
Lc 7, 1-10

Tu alegría nos visite, Señor. Que ella sea el don que sostenga esta hora de nuestra existencia.
Que tenga el poder de reedificar lo caído, de clarear la tienda de campaña que la noche oscureció, de unir lo que la tristeza o el cansancio interrumpieron.
Sea la señal de la finura con que nos miras, la caricia que siempre nos haces, el arco de la alianza, el toque de tregua.
Danos, Señor, en esta hora, la alegría como aliento revitalizador.
Reverdezca la frondosidad, como tras el deshielo de la primavera, y que esa floración se esparza irresistible y ancha.
Que la alegría nos enseñe el arte de la vida abundante y creciente, de esa vida entregada a los demás, de la que nos habla el pan eucarístico, y se traduzca hoy en gestos creativos que dejen adivinar tu rostro en lo visible.

A Ianire, esse;
en el día de su cumpleaños

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